Encadenada. Parte 1.

Conforme abrió los ojos supo que algo no iba bien. Su cabeza estaba dentro de algo que le recordó… a un casco, a una máscara, fuera lo que fuese aquello estaba cegado: solo veía oscuridad. Algo duro como una piedra ocupaba su boca y le impedía hablar, solo era capaz de emitir débiles gemidos. Su acelerada respiración retumbaba en el interior de aquello que impedía que sus ojos viesen dónde se encontraba.
Trató de llevarse una mano a la cara, pero no pudo. Tanto el brazo derecho como el izquierdo estaban inmovilizados, cada uno a una esquina de lo que parecía ser una cama; al forcejear descubrió que unas esposas se cerraban con fuerza alrededor de sus muñecas. Sus piernas habían corrido la misma suerte. Ambas estaban encadenadas a las esquinas de la cama sobre la que estaba tumbada.
Una corriente de aire frío lamió su coño, y entonces le quedó muy claro que no solo estaba encadenada, sino también desnuda. Desnuda, encadenada, cegada y amordazada. El terror la embargó. ¿Dónde diablos estaba? ¿Cómo había acabado en semejante situación? Por más que escarbaba en sus recuerdos, era incapaz de recordar el momento que la condujo a encontrarse en semejante situación…
Había soñado con algo así desde su más tierna adolescencia. Adoraba que la atasen, que le hicieran cosquillas en cada rincón de su cuerpo, que la masturbasen hasta llorar, que la abandonasen a su suerte durante horas, atada, amordazada, cegada, con un vibrador enclaustrado en el interior de su coño y otro guarecido en su culo. Disfrutaba de esas practicas tanto como podía cada vez que daba con un chico capaz de llevarlas a cabo de forma segura… Pero todo aquello no era más que un juego. Y ella siempre había soñado con un secuestro real, algo de lo que no podría disfrutar con un amigo o con una pareja sentimental.
En ese momento, notando el sudor frío recorriendo su cuerpo, volviéndose aún más frío por culpa de aquella corriente de aire helado, notando la impuesta inmovilidad de sus extremidades, el roce cortante de las esposas contra su piel, ya no se sentía tan a gusto como ella pensaba que se sentiría ante un secuestro real. Aquella maldita mordaza le estaba destrozando la boca. Los dientes le dolían, no paraba de salivar, tenía la lengua adormecida y la correa que ajustaba la mordaza se le estaba clavando en las mejillas; dos sendos ríos de baba espesa le manaban de las comisuras de los labios y se deslizaban por sus mejillas hasta llegarle al cuello.
—La nena ha despertado… Es hora de que el juego comience —espetó una voz dura, grabe—. Qué coñito tan rico. Adoro los coñitos jóvenes bien afeitados, parece el coñito de una niña pequeña… —El terror se apoderó de nuevo de todo su ser. ¿Quién diablos era ese hombre?
Por más que lo intentaba era incapaz de recordar qué había ocurrido antes de encontrarse en aquella angustiosa situación. Repentinamente notó que unas manos ásperas y fuertes recorrían su cuerpo. Primero se entretuvieron con sus pequeños pechos, jugando con sus pezones erectos por el frío. Después bajaron hasta el ombligo, y durante un rato juguetearon con él, haciéndole tantas cosquillas que sintió que se orinaba encima. Luego bajaron hasta su coño, y una de ellas se deleitó jugando con su helado clítoris al tiempo que la otra introducía dos gruesos dedos en lo más profundo de su ser.
—Oh, pero si te estás mojando —susurró la voz, y una húmeda lengua le lamió un pezón—. Eso quiere decir que esto te gusta… —Le encantaba, la volvía loca, sí. Había soñado con aquello durante toda su vida. Pero no así, no de esa manera, no forzada—. Nena, tú y yo nos lo vamos a pasar en grande. Primero voy a masturbarte hasta que no seas capaz más que de llorar. Después, te haré cosquillas… Luego volveré a masturbarte. Y volverán las cosquillas.
Notó que algo entraba en su coño. Parecía una polla de goma, gruesa y con vibración. Algo similar a lo anterior se abrió paso en el interior de su ano, provocándole cierto dolor. Y por último notó un objeto duro y frío contra su clítoris.
—Respira hondo —dijo la voz—. Esto es solo un precalentamiento. Vas a estar solita unas cinco o seis horas, con la única compañía de los juguetes que ahora mismo voy a encender… —Los vibradores introducidos en sus orificios y el del clítoris comenzaron a vibrar con fuerza, provocando que todo su cuerpo se estremeciera.
—¡Mph! —gimió ella.
—Te gusta ¿verdad? Es delicioso. Yo ya me marcho, en seis o siete horas, ocho como mucho, vuelvo —dijo la voz, y ella escuchó una puerta abrirse—. Disfruta, mi princesita de ojos verdes… —Aquellas palabras la aterraron aún más. Solo una persona en este mundo la llamaba así, pero se negaba a creer que él le hubiera hecho aquello—. Cuando vuelva, te toca la siguiente parte: cosquillas. Pienso conseguir que llores, como aquella vez hace tantos años…
—¡Nnn!
—Oh, sí. Vas a llorar…
La puerta se cerró tras el desconocido y ella se quedó sola. Encadenada, amordazada, cegada y con varios vibradores zumbando en el interior de su cuerpo, en su clítoris. ¿Cuánto tardaría en volver ese misterioso hombre? Y, lo más importante, ¿realmente era quién ella sospechaba? Se negaba a creérselo, pero todo apuntaba a que era cierto.

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