Juntos para siempre

                Por si te lo estás preguntando, no, el título de este relato nada tiene que ver con la canción que Alejando Lerner lanzó en los años noventa. Este relato habla sobre la preciosa historia de amor que viví con ella… con mi amada Laura.

                Supe que estábamos destinados a estar juntos para siempre desde el mismo instante en el que la vi por primera vez aquella mañana de 2005. Iba enfundada en unos tejados anchos, que aún así resaltaban su redondeado culo adolescente. Una camiseta de Iron Maiden bastante maltratada hacía el intento de ocultar sus pechos firmes y duros como rocas. Su cabello castaño claro y rizado ondeaba al viento aquella mañana, haciendo un contraste precioso con sus ojos azul claro. Tenía dieciséis años.

                Cuando mis ojos se clavaron en ella, Laura salía del instituto. Eran las once de la mañana. Claramente se estaba saltando las clases. Aquel día solo fui capaz de observarla desde lejos, disfrutando del contoneo de su culo azotado por su mochila negra de ACDC. Al día siguiente volví a la puerta del instituto, a la misma hora. De nuevo la vi marchándose. Esta vez sí la seguí. Necesitaba saber hacia dónde se dirigía. Ella aún no lo sabía, pero nuestro destino estaba escrito; íbamos a estar juntos para siempre. La caminata nos llevó hasta un parte que no estaba demasiado lejos del instituto. Allí la esperaban un par chicos de su edad, con las orejas y la cara atestadas de piercing y vestidos de negro.

                Se sentó junto a ellos en un banco de madera y se liaron un porro. Yo pasé por delante sin querer mirarla, lo suficientemente cerca para hacerme notar. Pero ella no me vio. Era pronto para que supiese que nuestro destino era estar juntos. Sus amigos sí se fijaron en mí, y no de ellos incluso se me acercó a pedirme un euro, que le negué al tiempo que aceleraba el paso. El muchacho se enfadó y se puso algo agresivo. Tuve que hacer de tripas corazón para no destrozarlo allí mismo, ante ella y su otro amigo. Pude evitar el enfrentamiento, y conseguí mi objetivo; en un rápido vistazo, comprobé que ella me miraba. Sus ojos azules se clavaron en mí durante unos segundos y vi que un atisbo de sonrisa se dibujaba en su carita de niña.

                Conforme desperté al día siguiente me acicalé, perfilé mi perilla y repeiné mi pelo negro y lacio. Busqué entre toda mi ropa algún conjunto que resaltase mis atributos y que calzase con el de los chicos que la acompañaban. Nunca he sido un creído, pero la verdad es que siempre he podido presumir de lucir un buen cuerpo. Desde que era muy pequeño el deporte fue mi obsesión, y ello ha hecho posible que a mis cuarenta años todo mi ser sea pura fibra y nada de grasa. Me puse unos baqueros negros ceñidos y una camiseta negra de tirantas bastante ajustada. Con eso dejaba a la vista mis brazos fornidos y mis pectorales duros como rocas. En conjunto con mis ojos verde pistacho y mi perilla de chivo, aquello no me sentaba nada mal.

                Volví al instituto, y nuevamente la vi salir. Esta vez ella me miró, aunque no me sonrió. Aceleró el paso para llegar al parque con sus amigos. Esta vez no quise pasarle por delante. Si quería entablar algún tipo de relación con ella debía encontrar el modo de que evitase ese parque, o esos dos niñatos no iban a dejarme cortejarla. Nuestro destino era estar juntos para siempre, e iba a cumplirse.

                Durante varios días la esperé ante el instituto, y después la seguí hasta la entrada del parque. Ella siempre me miraba, a veces inexpresivamente y otras veces con cara de enfado o de angustia. Para bien o para mal, se estaba fijando en mí. Una de aquellas muchas mañanas, cuando llegó al parque Laura se encontró completamente sola. Sus dos amigos porretas no estaban por ninguna parte. Se dejó caer sobre el banco y sacó un pequeño reproductor de mp3 muy similar a un pendrive, se puso los casos y se perdió en sus canciones. Aquella era mi oportunidad… Pasé por delante de ella y me lanzó una penetrante mirada entre suplicante y de enfado. Me dio la impresión de que le inspiraba cierto temor. Eso era bueno. Aunque no era el sentimiento que yo deseaba, comenzaba a sentir algo por mí… Íbamos a estar juntos para siempre.

                Una de aquellas mañanas en las que la seguí al parque decidí dar el paso, me aventuré, como se suele decir, a romper el hielo. Conforme ella se sentó en aquel banco, seguramente esperando a sus amigos, a quienes no veía desde hacía al menos un par de semanas, me senté junto a ella.

                —¿No hay otro banco más donde sentarte? —me preguntó en tono cortante, señalando con la mirada otros bancos vacíos.

                —Me gusta este. Es el mejor de todo este cochambroso parque —le respondí dedicándole la mejor de mis sonrisas.

                —¿Por qué? —espetó ella clavando en mí unos ojos coléricos.

                —Porque es el único banco donde estás tú, y eso lo convierte en el mejor de todos los que hay… —Durante unos segundos se quedó sin palabras. Luego me dedicó un amago de sonrisa y se levantó.

                Se marchó sin decir una sola palabra. Aunque aún sonreía la última vez que decidió mirarme antes de abandonar el parque. La semilla estaba ya plantada. Ahora había que regalara para que diese paso a un alto y fuerte árbol. El momento de estar juntos para siempre se acercaba…

                Durante un par de semanas aquello se repitió. La esperaba en la puerta del instituto. La acompañaba en silencio hasta el parque y nos sentábamos juntos. Al principio apenas cruzábamos algunas palabras, pero la cosa fue cambiando. Primero empezamos a charlar trivialmente, contándonos cosas de nuestro día a día. Después comenzamos a charlar de camino al parque. Y finalmente llegó la mañana en que no quiso ir allí.

                —Estoy harta del parque. Y mis amigos parecen haberse esfumado. No los encuentro ya ni por el barrio. Seguro que los han pillado pasando hierba y han acabado en el talego. —Me miró fijamente con aquellos ojos del mismo celeste del cielo—. ¿Nos vamos a otra parte?

                Paseamos por el polígono industrial próximo a su instituto. No era un lugar muy glamuroso para un paseo, pero a ninguno de los dos nos importaba. Al tiempo que charlábamos nos perdimos por aquellas maltrechas calles atestadas de camiones, coches y furgonetas que hacían cola para acceder al repertorio de naves industriales que ocupaban a todo lo largo tanto una acera como la otra. Me contó muchas cosas sobre ella. No quería estudiar. Lo detestaba. Quería tocar el bajo en algún grupo de metal. Me preguntó por mi vida, y tuve que contarle algunas cosas: que mi oficio era el de entrenador personal y nutricionista, entre otras tantas cosas; todo mentira. Aunque íbamos a estar juntos para siempre, no necesitaba saber a qué solía dedicarme para ganarme el pan.

                Después de un tiempo le propuse salir un fin de semana. Solo nos veíamos a diario, el lapso de tiempo que duraba su jornada en el instituto, y después se iba a casa y yo ya no volvía a saber de ella hasta la siguiente mañana, aquello suponía para mí un auténtico sinvivir, porque no sabía si volvería a verla al día siguiente. En un principio dudó, pero terminó sucumbiendo a mis encantos. Cuando llegó el ansiado fin de semana la recogí con mi flamante Kymco Venox. Alucinó, al parecer le gustaban las motos tanto como a mí. Pasamos buena parte del día en la carretera. Desde Málaga fuimos hasta Fuengirola. Allí comimos en un hindú y después paseamos hasta que nos dolieron los pies.

                Después de eso volvimos a Málaga y salimos por el centro a tomar cervezas.

                Coronamos la noche en el Mirador de Gibralfaro, bebiendo unos quintos mientras observábamos lo preciosa que era Málaga de noche, iluminada por miles de luces que parecían estrellas brillando en el cielo. Me besó. Era algo que no yo había calculado. Ocurrió mientras nos mirábamos fijamente. Se abalanzó hacia mí y me besó. La boca le sabía a chicle de fresa y a cerveza. Fue exquisito. Me miró fijamente y, mordiéndose levemente el labio inferior, me dijo que quería “dormir” conmigo.

                Como no quería que viera mi casa, porque aún era pronto para ello a pesar de que íbamos a estar juntos para siempre, me la llevé a la Olimpia, una pequeña pensión cerca del centro. Allí no se tomarían la molestia de pedirnos el carnet de identidad a ninguno de los dos. La noche fie mágica. La até a la cama y la follé durante horas. Su cuerpo se retorció en varios orgasmos y finalmente cayó en un profundo sopor.

                Aquella noche nació nuestra relación, y desde entonces estuvimos juntos durante dos felices años. Estar con ella era como volver de nuevo a la adolescencia. Me sentía vivo y joven. Por culpa de ciertas desavenencias con sus padres Laurita quiso mudarse conmigo a mi casa, pero yo me negué en rotundo. Aquella casita mata en el corazón del casco antiguo de Málaga era mi santuario, y aunque íbamos a estar juntos para siempre yo no estaba dispuesto a ceder tanto. Alquilé otra casa cerca de la mía. En un primer momento el dueño no estuvo de acuerdo, pero recurriendo a mis irresistibles encantos conseguí que el hombre cambiase de parecer.

                Durante aquellos dos años vivimos una vida plena y completa. Ella ensayaba en casa con su bajo y yo me ocupaba de ganar el dinero con el que mantenernos a ambos. Por fin estábamos juntos, y sería para siempre. Cuando yo llegaba a casa ella me esperaba desnuda, normalmente con las manos esposadas a la espalda y amordazada. Sabía que disfrutaba de aquello y ella era feliz complaciéndome. La follaba durante horas y después, sin siquiera desatarla, nos quedamos dormidos.

                Por desgracia, tal y como suele ocurrir, el amor se apagó, al menos por su parte. Yo seguía amándola. Después de dos años sin hablarse con ellos, hizo la paces con sus padres y acto seguido ellos quisieron conocerme, y yo me negué en rotundo. Nos los necesitaba para nada. Mi negativa hizo que su visión de mí cambiase, y nuevamente surgió el tema de la casa a la que nunca quería llevarla.

                —Tienes una casa propia, ¿por qué vivimos en una alquilada? —me preguntaba una y otra vez seguido de—: ¿Y por qué no quieres conocer a mis padres? No te entiendo, Alfonso…

                Así me llamo, Alfonso Cabrera Tofone. Llegué al mundo en 1965, en el interior de una casita gris de piedra con tejado de piedra pizarra en un pequeño pueblo llamado Gorate.

                Mi quería Laura cometió el error de pensar que podía marcharse. Creyó que era libre de elegir. Estaba equivocaba. Íbamos a estar juntos para siempre, quisiera o no. Una tarde, cuando volví del trabajo, la encontré haciendo las maletas. Ni siquiera quería que me acercase. Sostenía un periódico en una de sus manos: en la portaba se veía una foto de sus amigos porretas, habían encontrado sus cuerpos enterrados cerca de aquel maltrecho parque. Me miraba con desconfianza. Y enseguida supe por qué… del bolsillo izquierdo de sus tejanos colgaba un llavero que era para mí muy familiar: una calavera blanca unida a una cadena. Eran las llaves de mi casa, de mi santuario. Había entrado, y lo había descubierto todo.

                Aprovechándome de la confianza que aún me guardaba, me dirigí a toda velocidad a la cocina, llorando como no había llorado en toda mi vida. De uno de los cajones de la isleta saqué mi cuchillo favorito, uno de cincuenta centímetros de largo de hoja, con un grosor de unos diez centímetros que se iban estrechando hasta acabar en una punta fina y tan afilada como un bisturí. Ella lo llamaba el mutilapollos, disfrutaba mucho viendo cómo troceaba pollos en cuestión de segundos con aquel cuchillo. Pobre inocente.

                Corrí hasta el salón y, clavando en ella unos ojos colmados de lágrimas, le clavé el mutilapollos en el estómago y le salió por la espalda. Repetí la operación varias veces, hasta que por sus ojos celestes como el cielo vi que la vida ya había abandonado aquel precioso cuerpo que tanto placer me dio durante dos años. La descuarticé y guardé sus restos en el arcón de la cocina. Íbamos a estar juntos para siempre, sí o sí.

                Durante meses me dediqué a devorar su cuerpo, cada día una pequeña tajada. El último festín me lo di con una de sus redondeadas y prietas nalgas. Cociné su culito al horno con mantequilla y ajo. Fue delicioso. Con el último bocado cumplí mi deseo: ahora estábamos juntos para siempre. Y nadie iba a poder arrebatármela… Ella siempre fue mía. Tuve que degollar a sus amigos porretas para poder acercarme lo suficiente. Y tuve que asesinar al dueño de la casa en la que vivimos durante quellos dos años para que pudiésemos tener un hogar. Todo mereció la pena…

                Ahora estábamos juntos, ella formaba parte mí. Y eso duraría para siempre.

Te marchaste

            Cerraste los ojos por última vez aquella fría mañana de enero del 2017, y en ese mismo instante descubrí cuánto te amaba… ¿Qué puedo contarte después de todo este tiempo? Muchas cosas. Estos últimos diez años sin ti han sido muy difíciles, pero hemos salido ha delante como hemos podido; ya sabes que nunca fuimos unos portentos intelectuales, pero con mucha perseverancia y voluntad las cosas se consiguen. Te cuento cómo nos ha ido todo…

            Empezando por mí, finalmente te hice caso y me puse a estudiar. ¡A mis años estudiando, había que verlo! En un primer momento me maldije a mí mismo por tomar semejante decisión, pero tres años después conseguí aprobar el maldito curso y poco después encontré trabajo estable, bien pagado y que me permitía cuidarlos a ellos. Ya no tengo que ir por ahí dando bandazos en moto, soportando la lluvia, el frío, el calor o los malos modos de los clientes y arriesgando mi vida a cambio de migajas.

            Carlitos consiguió aprender a leer, le costó mucho sin tu ayuda, pero lo puso todo de su parte y lo logró. Ahora ha cogido carrerilla y pronto terminará la eso, ¡y el tío ya se planea qué va a estudiar en bachillerato! Quiere ser tornero, igual que un tipo de YouTube al que sigue y admira; el hombre replica armas de comics, animes y video juegos usando el torno y la fresadora. ¿Recuerdas que dijimos que sería nuestro niñito eterno? Eso no ha cambiado, mentalmente siempre será un niño pequeño, uno muy grande —con dieciséis años que tiene mide casi dos metros—, pero al menos podrá valerse por sí mismo cuando yo no esté para velar por él.

            El caso de nuestra querida Susana fue algo más complicado, pero se solucionó. Estuvo al borde del abismo durante un par de años, casi tres. Era incapaz de ver la vida sin tenerte a su lado. Hizo malas amistades que la llevaron por mal camino. Comenzó una mala relación que la condujo por un camino aún peor. Se marchó de casa y estuvo un tiempo viviendo en Londres, después se fue a parís y por último aterrizó en Italia. Estuve muy preocupado por ella, fue un sin vivir para mí. Pero no quise “cortarle las alas” porque sabía que sería peor; la dejé cometer errores, aprendió de ellos y hace siete años me llamó para que la ayudase a volver. Sí… se había quedado sin blanca. No tenía dinero para poder comprar si quiera un billete de autobús. Como buen padre me sacrifiqué, vendí mi pequeña moto —ya sabes como amaba mi querido Vespino—, y le mandé por correo electrónico un billete de avión, el más económico. Cuando la vi bajar del avión comprendí que la adolescente que se había marchado no iba a volver, ahora era una mujer adulta, centrada y consciente de cómo es la vida; acabó sus estudios, siguió estudiando, y ahora es enfermera.

            En cuanto a Roxana… No vas a creerte lo que voy a contarte sobre ella. ¿Recuerdas ese bulto en su costado que tanto te preocupó hasta tu último día que estuviste con nosotros? ¡Pues el bulto resulta que no era un solo bulto, eran varios! Cinco pequeños bultos a los que dio a luz dos días después de tu partida… cinco pequeños gatitos blancos que maullaban a todas las santísimas horas del día. Aquello fue un calvario, porque por desgracia su mamá debía echarte de menos y conforme el último de ellos nació, ella decidió marcharse, y me tocó criarlos a biberón hasta que estuvieron listos para comer su primer pienso de gatitos. Ahora son cinco enormes y preciosos gatos blancos de ojos azules, gordos como sacos de patatas, dos machos y tres hembras.

            Y ya no me queda mucho más por decirte… solo que es posible que de aquí a unos meses tú y yo volvamos a bailar juntos, abrazados, mirándonos a los ojos, como cuando nos conocimos en aquel concierto de rock en la playa… Sí, me han diagnosticado lo mismo que a ti, y tarde, como ocurrió contigo. No tengo miedo, ni estoy enfadado; es el ciclo de la vida, y estoy listo para continuar. No le he dicho nada sobre esto a ninguno de los dos porque no quiero trastornar sus vidas antes de que sea necesario; ya tendrán tiempo de llorar cuando me llegue el momento. Según me han dicho los médicos, es posible que no llegue a agosto, y estamos a finales de mayo.

            La verdad es que realmente no les he contado nada porque si aún conservo las facultades necesarias, a mediados de julio me iré de viaje a alguna parte, a algún lugar lejano y perdido de la mano de dios y ahí pasaré mis últimos días. Sé que es un poco cruel por mi parte marcharme para morir solo y no quedarme con ellos hasta el final como hiciste tú. Pero recuerdo lo mal que lo pasaste, lo mal que lo pasaron ellos y lo mal que lo pasé yo cuando te estabas consumiendo tumbada en aquella cama… Y no voy a permitir que pasen por lo mismo. Cuando esté preparado, cuando sepa que me voy, si soy capaz comenzaré a caminar, me internaré en algún bosque… donde sea que pueda esconderme para morir tranquilo. Eso será duro para ellos. Repentinamente perderán a su padre y no sabrán por qué los abandoné… Pero prefiero que sea de esa manera; sufrirán menos.

            Y ahora ya sí que no tengo nada más que contarte. Solo me queda esperar con impaciencia a que los días pasen hasta que me llegue el momento y finalmente tú y yo estaremos juntos para toda la eternidad.

Dulces sueños

            Eran las doce y media de la noche. Trataba de dormir, pero el condenado niño del piso de arriba no dejaba de berrear por la ventana: «Laaaa laaaa LAAAA», gritaba al tiempo que, por el sonido que hacían los muelles, saltaba sobre su cama. Deseé con todo mi ser que se muriese, que cayese al suelo fulminado y dejase de montar jaleo, y acto seguido parpadeé. Al abrir de nuevo los ojos lo vi. Al parecer saltó tan fuerte sobre la cama que, al rebotar, terminó cayendo por la ventana. Nuestras miradas se cruzaron mientras él se precipitaba al vacío, despeñándose a toda velocidad a lo largo de diez plantas que desembocaban en un pequeño patio de luces que días antes había sido pintado de un blanco radiante, incluido el suelo.

            El tiempo pareció detenerse en aquel instante. Nos miramos fijamente a los ojos. Yo, asombrado. Él, aterrado y suplicante, como implorándome que detuviese aquello, que abriese la ventana y lo rescatase. El tiempo volvió a la normalidad con el siguiente parpadeo. El pequeño continuó con su viaje hacia la muerte. Salté de la cama y abrí la ventana, y vi cómo rebotaba contra los tendederos de los tres últimos pisos, sufriendo cortes en su pequeño cuerpo, para finalmente estamparse contra el suelo del patio, reventando como si de un tomate maduro se tratase y tiñendo de un intenso rojo aquel blanco radiante.

Fue algo poético, precioso…

            Volví a la cama, me tumbé y dormí en paz pese a los alaridos de terror y desesperación que la madre del infeliz niño profería desde el piso de arriba. Antes de caer en un profundo sopor del que desperté a la mañana siguiente, alarmado por las sirenas de los coches de policía y las ambulancias, oí el momento exacto en el que la dolida mujer saltaba por la ventana para acompañar a su pequeño en su viaje hacia la muerte.

Encadenada. Primera parte

 

               La noche había sido toda una delicia. Sus amigas no consintieron en dejarla sola, organizaron para ella una fiesta. Estefanía decía que no había nada que festejar. Acababa de cortar con su pareja, con el hombre con el que había estado los últimos diez años de su vida y lo que menos le apetecía era salir a beber y a bailar. Pero sus queridas amigas sabían que o la sacaban a que se airease un rato o terminaría hundida, llorando acorrucada con la almohada, comiendo chocolate hasta la indigestión y quién sabe qué más.

               Aunque en un primer momento se negó a salir, y tuvieron que sacarla de casa casi a rastras después de haberla vestido y maquillado a la fuerza, al final ella fue quien mejor se lo pasó. Estaba tan radiante aquella noche con su ceñido vestido de raya ejecutiva que ligó con varios chicos sin siquiera intentarlo. Uno de ellos, un muchacho de unos veinte años, se le pegó como una lapa y se ganó la confianza del grupo de amigas. Y cuando la cosa ya no daba más de sí y ya todas estaban necesitadas de una cama calentita, el chico se ofreció a acompañar a Estefanía hasta la parada del taxi.

               Una de sus amigas quiso acompañarla también, pero ella negó con la cabeza al tiempo que le dedicaba una pícara sonrisa, dándole a entender que ya se apañaba ella sola, y finalmente se marchó con… Carlos, así se llamaba el chico. Era un apuesto muchacho de ojos azules y pelo moreno que subió al taxi con ella y, para aderezar un poco la velada en solitario que estaban a punto de comenzar, la invitó a un chupito que le sirvió en el tapón de una pequeña petaca plateada que el chico sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta negra de tercio pelo; Estefanía nunca olvidaría la suavidad y calidez de aquella chaqueta. Ella dudó un segundo, pero finalmente se lo bebió y acto seguido el muchacho le dio un beso en los labios.

               En cuanto abrió los ojos horas después supo que algo no iba bien. No recordaba absolutamente nada de lo que había pasado. Solo conservaba algunos recuerdos borrosos de haberse despedido de sus amigas. Nada más… Su cabeza estaba dentro de algo que le recordó… a un casco, a una máscara, fuera lo que fuese, estaba cegado; solo veía oscuridad. Algo duro como una piedra ocupaba su boca y le impedía hablar, solo era capaz de emitir débiles gemidos. Su acelerada respiración retumbaba en el interior de aquello que impedía que sus ojos viesen dónde se encontraba.

               Quiso llevarse una mano a la cara, pero no pudo. Tanto el brazo derecho como el izquierdo estaban inmovilizados, cada uno a una esquina de lo que parecía ser una cama; al forcejear descubrió que unas esposas se cerraban con fuerza en torno a sus muñecas. Sus piernas habían corrido la misma suerte. Ambas estaban encadenadas a las esquinas de la cama sobre la que estaba tumbada.

               Una corriente de aire frío lamió su coño, y entonces le quedó muy claro que no solo estaba encadenada, sino también desnuda. Desnuda, encadenada, cegada y amordazada. El terror la embargó. ¿Dónde diablos estaba? ¿Cómo había acabado en semejante situación? Por más que escarbaba en sus recuerdos, era incapaz de recordar el momento que la condujo a encontrarse en semejante situación…

               Llevaba años soñando con algo así, desde la última vez que vio a su mejor amigo… Adoraba que la atasen, que le hicieran cosquillas en cada rincón de su cuerpo, que la masturbasen hasta llorar, que la abandonasen a su suerte durante horas, atada, amordazada, cegada, con un vibrador enclaustrado en el interior de su coño y otro guarecido en su culo. Disfrutaba de esas practicas tanto como podía cada vez que daba con un chico capaz de llevarlas a cabo de forma segura… Pero todo aquello no era más que un juego, uno al que hacía mucho tiempo que no jugaba. Ella siempre había soñado con un secuestro real.

    Pero en ese momento, notando el sudor frío recorriendo su cuerpo, volviéndose aún más frío por culpa de aquella corriente de aire helado, notando la impuesta inmovilidad de sus extremidades, ya no se sentía tan a gusto como ella pensaba que se sentiría si alguien la secuestrase.

    —La nena ha despertado… Es hora de que el juego comience —espetó una voz dura, grabe—. Qué coñito tan rico. Adoro los coñitos jóvenes bien afeitados, parece el coñito de una niña pequeña… —El terror se apoderó de nuevo de todo su ser. ¿Quién diablos era ese hombre?

    Por más que lo intentaba, era incapaz de recordar qué ocurrió antes de encontrarse en aquella angustiosa situación. Repentinamente notó que unas manos ásperas y fuertes recorrían cuerpo. Primero se entretuvieron con sus pequeños pechos, jugando con sus pezones erectos por el frío. Después bajaron hasta el ombligo, y durante un rato juguetearon con él, haciéndole tantas cosquillas que sintió que se orinaba encima. Luego bajaron hasta su coño, y una de ellas se deleitó jugando con su helado clítoris al tiempo que la otra introducía dos gruesos dedos en lo más profundo de su ser.

    —Oh, pero si te estás mojando —susurró la voz, y una húmeda lengua le lamió un pezón—. Eso quiere decir que esto te gusta… —Le encantaba, la volvía loca, sí. Había soñado con aquello durante toda su vida. Pero no así, no de esa manera, no forzada—. Nena, tú y yo nos lo vamos a pasar en grande. Primero voy a masturbarte hasta que no seas capaz más que de llorar. Después te haré cosquillas… Luego volveré a masturbarte. Y volverán las cosquillas.

     Notó que algo entraba en su coño. Parecía una polla de goma, gruesa y con vibración. Algo similar a lo anterior se abrió paso en el interior de su culo, provocándole cierto dolor. Y por último notó un objeto duro y frío contra su clítoris.

    —Respira hondo —dijo la voz—. Esto es solo un precalentamiento. Vas a estar solita unas cinco o seis horas, acompañada por los juguetes que ahora mismo voy a encender… —Los vibradores introducidos en sus orificios y el del clítoris comenzaron a vibrar con fuerza, provocando que todo su cuerpo se estremeciera.

    —¡Mph! —gimió ella.

    —Te gusta ¿verdad? Es delicioso. Yo ya me marcho, en seis o siete horas, ocho como mucho, vuelvo —dijo la voz, y ella escuchó una puerta abrirse—. Disfruta, mi princesita de ojos verdes… —Aquellas palabras la aterraron aún más. Solo una persona en este mundo la llamaba así, pero se negaba a creer que él le hubiera hecho aquello—. Cuando vuelva, te toca la siguiente parte: cosquillas. Pienso conseguir que llores, como aquella vez hace tantos años…

    —¡Nnn!

    —Oh, sí. Vas a llorar…

    La puerta se cerró y ella se quedó sola. Encadenada, amordazada, cegada y con varios vibradores zumbando en el interior de su cuerpo, en su clítoris. ¿Cuánto tardaría en volver ese misterioso hombre? Y, lo más importante, ¿realmente era quién ella sospechaba? Se negaba a creérselo, pero todo apuntaba a que era cierto.